PERÓN PROFÉTICO - 1972/1973/1974

PERÓN PROFÉTICO 
editorial Pueblos del Sur

Luis Mainelli ha editado este libro que recoge la palabra de Perón de sus escritos, conferencias, diálogos, y entrevistas de los años 1972, 1973 y 1974.

Además de la introducción de Mainelli, prologan el libro textos de Esteban Guida, Pablo Scolari y Héctor Carletti.

Y también este que transcribo aquí:


Muy pertinente recoger en este PERÓN PROFÉTICO los discursos de sus últimos años, hace ya más de medio siglo.

Seguramente Perón hubiese rehuido de algunas de las acepciones de profético y profecía, como las de hablar en nombre o por  inspiración de la deidad, anticipar el futuro por don sobrenatural, o adivinar por mera intuición y casi a la bartola. Y hubiese explicado que en la política la anticipación del futuro debe basarse en conjeturar a partir de señales que están presentes en la sociedad y que debemos leer y relevar, observando racionalmente y con método; y que las cosas se repiten –nunca idénticas- en la historia, por lo que debemos estudiarla; y que el futuro no está dado, determinado y constituido, sino que podemos construirlo con el esfuerzo popular organizado. Con el esfuerzo, remarcaría, y no con el sacrificio de los pueblos.

Poco puede uno añadir a los discursos de Juan Perón, cuyas palabras claras siguen vigentes y todavía le hablan al presente y al futuro. Para leerlas, hay que hacerle caso a él mismo cuando advertía que la doctrina nunca ha de ser estática y ritual, sino que debe engarzar en la trama de la historia y situarse en la interpretación del momento. Objetivos definidos, claros y visibles, como las estrellas; y marcha adecuada al camino, con los pies en la tierra y acorde al momento.

Contra lo que pretendieron sus enemigos, hay en Perón una coherencia discursiva absoluta en su concepción y en su mensaje que se refleja en textos a lo largo de cuatro décadas, tres de las cuales lo tuvieron como protagonista central de la política argentina. Esa coherencia y esa continuidad se advierte en el estilo del lenguaje, desde sus textos sobre toponimia patagónica de etimología araucana y sus apuntes de historia militar, hasta estos magníficos discursos suyos del tiempo del regreso y en vísperas de su muerte.

Perón nos brinda conceptos nítidos en prosa lógica y precisa. Sus palabras fueron dirigidas al pueblo argentino pero se concebían portadoras de un mensaje que se brindaba en propuesta a los pueblos del mundo.

Hay un hilo es los textos de ese período histórico. Perón hace un esfuerzo enorme y despliega una gestualidad actualizada para retomar la convocatoria a la unidad nacional, para volver a la orientación de su primer discurso ante el Congreso en 1946, quebrado por la dinámica peronismo-antiperonismo de los años 50, y realimentada por una retórica estridente y binaria esterilizadora los mejores afanes nacionales.

Sostiene la necesidad de contar con una doctrina nacional actualizada y actualizable, de integrarse con los pueblos hermanos del subcontinente y de redefinir la conciencia ambiental de la humanidad. Recogiendo la idea de la nación en armas, la cohesión nacional resulta pieza esencial que debe forjarse con justicia social y dignidad popular.

Perón afirma que el individuo sólo puede realizarse en una comunidad que se realiza, que la modernidad y el crecimiento de las sociedades no deben insectificar al hombre, ni alienarlo; que la masa innúmera de individuos debe imbuirse de una doctrina nacional para devenir en pueblo organizado y poder así forjar su destino. La planificación estatal es imprescindible para dirigir la movilización del espíritu nacional, ponerla en actos y potenciar su eficacia. La enunciación de la doctrina y la explicitación del plan son herramientas para permitir la participación y darle sentido democratizador.

Fortalecer la voluntad popular y movilizar el espíritu nacional impone la exigencia de sumar voluntades individuales en una gran voluntad colectiva, que dé soporte sostenido a la acción reparadora. La convocatoria permanente a la unidad nacional deviene en imperativo, muchas veces perturbado por la hostilidad enemiga y la incomprensión sectorial. Corregir errores, deponer el enfrentamiento de trincheras y recomenzar el ciclo se hace necesario para reconstituir el cuerpo de la Nación. Doctrina, plan y liderazgo concurren a esa tarea, y en esa apelación y convocatoria el propio cuerpo de Perón, como enunciador del mensaje y como articulador de la política, busca convocar con amplitud y abarcar contradicciones, refundiéndolas y proyectándolas al futuro.

El movimiento nacional debe dar cauce a necesidades, reclamos y derechos, debe contactar con reclamos sectoriales y hallarles lugar y futuro, pero debe hacerse en un proceso organizador, integrando los intereses sectoriales y contando con el compromiso de esos sectores, con el gran proceso de liberación nacional e integración regional.

La integración plena de la mujer a la vida política se concretó al tiempo que las multitudes argentinas, sometidas y marginadas hasta entonces, acceden por primera vez a la satisfacción de sus necesidades materiales y espirituales.

A fines de los años sesenta sedimentaron temores y acechanzas en la conciencia mundial, que empieza a advertir amenazada la naturaleza y la vida misma sobre el planeta. El terror atómico, la superpoblación y la urbanización descontrolada, el agotamiento de recursos naturales, la crisis energética, la contaminación del aire y las aguas, la desaparición de selvas y bosques, la erosión de suelos, la extinción de especies, crecen en esa percepción. Se generaliza el concepto de ecosistema, y la primera foto de la Tierra desde la Luna refleja la fragilidad de esta, nuestra esfera celeste. Perón se revela como un líder de sensibilidad asombrosa ante la cuestión ambiental. Se anticipa como nadie en recogerla desde la política y la integra en una concepción que rehúye tanto de la depredación individual, anárquica y diseminada del capitalismo, como de la planificación cientificista del colectivismo estatista. Lo hace sin caer en un ambientalismo ingenuo, que resulte en bloquear el desarrollo de los pueblos o en diferir y reservar regiones para la rapacidad multinacional y la ambición imperialista. La humanidad está ante un desafío, y si en el paleolítico se adaptaba al medio y con el neolítico afrontó el desafío de modificarlo, se plantea ahora la necesidad de un nuevo equilibrio que reconfigure el pacto de la humanidad en la naturaleza, controle aquel impulso prometeico, y ponga la ciencia a buscar un desarrollo en armonía con el ambiente.

Así como el país de los argentinos es fruto de la sedimentación, la hibridez y el mestizaje, así el movimiento peronista debe ser capaz de componer diferencias e integrarlas. La química nos enseña a distinguir entre mezcla y solución. Idénticos elementos se yuxtaponen en la mezcla, sin interactuar ni combinarse; mientras que en la solución se combinan dando origen a un compuesto nuevo. A diferencia de otros países, aquí en el nuestro indios, españoles, criollos e inmigrantes tardíos del siglo XIX se refunden en una identidad nueva. Del mismo modo el peronismo recoge tradiciones políticas e ideológicas y las integra para la formulación de la doctrina nacional. El peronismo es solución y no problema. Es solución parcial y en actualización permanente, que requiere de confluencias sucesivas y crecientes para su realización.

Se trata de un nacionalismo universalista. No es un milenarismo tradicionalista que se resista a los cambios congelándose en el pasado, sino vocación de modernidad situada en la periferia, que busca universalizarse sin prepotencia, sintiendo que puede aportar ideología redentora, y negándose a ser mera espectadora de una globalización asimétrica, donde unos pocos globalizan a empujones a multitudes subordinadas que, al ser pasivamente globalizadas, sufren hasta la dilución identitaria.

En un tiempo en que interesadamente se difunden filosofías del desencanto, se estimula el egoísmo individualista y se promueve la lógica del fragmento, Perón nos recuerda que podemos y que debemos soñar. Y que para poder soñar hay que soñar en grande.

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