PERÓN PROFÉTICO - 1972/1973/1974
Seguramente Perón hubiese rehuido de
algunas de las acepciones de profético y profecía, como las de hablar en nombre
o por inspiración de la deidad,
anticipar el futuro por don sobrenatural, o adivinar por mera intuición y casi
a la bartola. Y hubiese explicado que en la política la anticipación del futuro
debe basarse en conjeturar a partir de señales que están presentes en la
sociedad y que debemos leer y relevar, observando racionalmente y con método; y
que las cosas se repiten –nunca idénticas- en la historia, por lo que debemos
estudiarla; y que el futuro no está dado, determinado y constituido, sino que
podemos construirlo con el esfuerzo popular organizado. Con el esfuerzo,
remarcaría, y no con el sacrificio de los pueblos.
Poco puede uno añadir a los discursos
de Juan Perón, cuyas palabras claras siguen vigentes y todavía le hablan al
presente y al futuro. Para leerlas, hay que hacerle caso a él mismo cuando
advertía que la doctrina nunca ha de ser estática y ritual, sino que debe
engarzar en la trama de la historia y situarse en la interpretación del
momento. Objetivos definidos, claros y visibles, como las estrellas; y marcha
adecuada al camino, con los pies en la tierra y acorde al momento.
Contra lo que pretendieron sus
enemigos, hay en Perón una coherencia discursiva absoluta en su concepción y en
su mensaje que se refleja en textos a lo largo de cuatro décadas, tres de las
cuales lo tuvieron como protagonista central de la política argentina. Esa
coherencia y esa continuidad se advierte en el estilo del lenguaje, desde sus
textos sobre toponimia patagónica de etimología araucana y sus apuntes de
historia militar, hasta estos magníficos discursos suyos del tiempo del regreso
y en vísperas de su muerte.
Perón nos brinda conceptos nítidos
en prosa lógica y precisa. Sus palabras fueron dirigidas al pueblo argentino
pero se concebían portadoras de un mensaje que se brindaba en propuesta a los
pueblos del mundo.
Hay un hilo es los textos de ese
período histórico. Perón hace un esfuerzo enorme y despliega una gestualidad
actualizada para retomar la convocatoria a la unidad nacional, para volver a la
orientación de su primer discurso ante el Congreso en 1946, quebrado por la
dinámica peronismo-antiperonismo de los años 50, y realimentada por una
retórica estridente y binaria esterilizadora los mejores afanes nacionales.
Sostiene la necesidad de contar con
una doctrina nacional actualizada y actualizable, de integrarse con los pueblos
hermanos del subcontinente y de redefinir la conciencia ambiental de la
humanidad. Recogiendo la idea de la nación en armas, la cohesión nacional
resulta pieza esencial que debe forjarse con justicia social y dignidad
popular.
Perón afirma que el individuo sólo
puede realizarse en una comunidad que se realiza, que la modernidad y el
crecimiento de las sociedades no deben insectificar al hombre, ni alienarlo;
que la masa innúmera de individuos debe imbuirse de una doctrina nacional para
devenir en pueblo organizado y poder así forjar su destino. La planificación
estatal es imprescindible para dirigir la movilización del espíritu nacional,
ponerla en actos y potenciar su eficacia. La enunciación de la doctrina y la
explicitación del plan son herramientas para permitir la participación y darle
sentido democratizador.
Fortalecer la voluntad popular y
movilizar el espíritu nacional impone la exigencia de sumar voluntades
individuales en una gran voluntad colectiva, que dé soporte sostenido a la
acción reparadora. La convocatoria permanente a la unidad nacional deviene en
imperativo, muchas veces perturbado por la hostilidad enemiga y la
incomprensión sectorial. Corregir errores, deponer el enfrentamiento de
trincheras y recomenzar el ciclo se hace necesario para reconstituir el cuerpo
de la Nación. Doctrina, plan y liderazgo concurren a esa tarea, y en esa apelación
y convocatoria el propio cuerpo de Perón, como enunciador del mensaje y como
articulador de la política, busca convocar con amplitud y abarcar
contradicciones, refundiéndolas y proyectándolas al futuro.
El movimiento nacional debe dar
cauce a necesidades, reclamos y derechos, debe contactar con reclamos
sectoriales y hallarles lugar y futuro, pero debe hacerse en un proceso
organizador, integrando los intereses sectoriales y contando con el compromiso
de esos sectores, con el gran proceso de liberación nacional e integración
regional.
La integración plena de la mujer a
la vida política se concretó al tiempo que las multitudes argentinas, sometidas
y marginadas hasta entonces, acceden por primera vez a la satisfacción de sus
necesidades materiales y espirituales.
A fines de los años sesenta
sedimentaron temores y acechanzas en la conciencia mundial, que empieza a
advertir amenazada la naturaleza y la vida misma sobre el planeta. El terror
atómico, la superpoblación y la urbanización descontrolada, el agotamiento de
recursos naturales, la crisis energética, la contaminación del aire y las
aguas, la desaparición de selvas y bosques, la erosión de suelos, la extinción
de especies, crecen en esa percepción. Se generaliza el concepto de ecosistema,
y la primera foto de la Tierra desde la Luna refleja la fragilidad de esta,
nuestra esfera celeste. Perón se revela como un líder de sensibilidad asombrosa
ante la cuestión ambiental. Se anticipa como nadie en recogerla desde la
política y la integra en una concepción que rehúye tanto de la depredación
individual, anárquica y diseminada del capitalismo, como de la planificación
cientificista del colectivismo estatista. Lo hace sin caer en un ambientalismo
ingenuo, que resulte en bloquear el desarrollo de los pueblos o en diferir y
reservar regiones para la rapacidad multinacional y la ambición imperialista.
La humanidad está ante un desafío, y si en el paleolítico se adaptaba al medio
y con el neolítico afrontó el desafío de modificarlo, se plantea ahora la
necesidad de un nuevo equilibrio que reconfigure el pacto de la humanidad en la
naturaleza, controle aquel impulso prometeico, y ponga la ciencia a buscar un
desarrollo en armonía con el ambiente.
Así como el país de los argentinos
es fruto de la sedimentación, la hibridez y el mestizaje, así el movimiento
peronista debe ser capaz de componer diferencias e integrarlas. La química nos
enseña a distinguir entre mezcla y solución. Idénticos elementos se yuxtaponen
en la mezcla, sin interactuar ni combinarse; mientras que en la solución se
combinan dando origen a un compuesto nuevo. A diferencia de otros países, aquí
en el nuestro indios, españoles, criollos e inmigrantes tardíos del siglo XIX
se refunden en una identidad nueva. Del mismo modo el peronismo recoge tradiciones
políticas e ideológicas y las integra para la formulación de la doctrina
nacional. El peronismo es solución y no problema. Es solución parcial y en
actualización permanente, que requiere de confluencias sucesivas y crecientes
para su realización.
Se trata de un nacionalismo
universalista. No es un milenarismo tradicionalista que se resista a los
cambios congelándose en el pasado, sino vocación de modernidad situada en la
periferia, que busca universalizarse sin prepotencia, sintiendo que puede
aportar ideología redentora, y negándose a ser mera espectadora de una
globalización asimétrica, donde unos pocos globalizan a empujones a multitudes
subordinadas que, al ser pasivamente globalizadas, sufren hasta la dilución
identitaria.

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