PLANIFICAR LA ESPERANZA
------- xxxxx -------
PLANIFICAR LA ESPERANZA
. (julio 2026)
Habrá que ir juntando pedacitos,
armando despacito un sueño pa’ soñar
(La Mosca – Yo te quiero dar)
En
la nueva etapa el movimiento nacional deberá encarar una reafirmación
ideológica y una actualización doctrinaria; renovarse en sus formas, estilos y
objetivos de comunicación; readecuar sus formas organizativas, institucionales
y militantes; retomar y mejorar su vinculación con organizaciones sectoriales
de toda la comunidad nacional y en todos los territorios de la sociedad
argentina.
Hay
que aportar para regenerar esos tejidos sociales, que están hoy mediados, seducidos
y paulatinamente confiscados, empobrecidos y vaciados por la instrumentación
oligárquico-imperial de las nuevas tecnologías de comunicación.
Nuestras
iniciativas deben proyectarse hacia todo el campo nacional, amplio y diverso
por definición y necesidad. Debemos instrumentar una línea de trabajo vinculada
a conceptos de soberanía nacional en distintas dimensiones: ambiente,
territorio, producción, infraestructuras, cultura, geopolítica, ciberespacio,
tecnología, defensa, educación, inteligencia, finanzas, seguridad.
Es
necesario que al mismo tiempo que se reconstruyan gradualmente el poder
nacional y las organizaciones populares se vaya dando una elaboración
programática actualizada, integral, profunda, extendida, sistemática. La idea
de planificación es necesaria para orientar la movilización del espíritu
nacional, para ponerla en actos y para potenciar su eficacia.
La
enunciación de la doctrina y la explicitación del plan son herramientas para
permitir la participación y darle sentido democratizador. Esa tarea ha de ser
encarada en forma abierta, convocante y participativa, para que al acceder
nuevamente al gobierno contemos con herramientas pulidas y contundentes de
intervención detallada, apropiadas socialmente y validadas electoralmente,
sostenidas con equipos de cuadros técnicos capaces de desplegar, en cada
ámbito, un trabajo coordinado con objetivos claros desde el inicio.
Metafóricamente:
ir forjando nuestro propio y legitimado DNU, nuestras leyes ómnibus de
restauración y reformas para el primer día.
La
frase aquella de von Moltke de que ningún plan sobrevive al contacto con el
enemigo no invalida la necesidad de planificar. Aprovechan mejor las coyunturas
que se abren y las oportunidades que se presentan quienes saben lo que quieren
y los que están organizados.
Debemos
trabajar en la elaboración de diagnósticos que identifiquen los problemas y
desafíos con la mayor exactitud posible y con precisión creciente. Hay que
establecer objetivos bien definidos para cada sector de actividad y atendiendo
la realidad de cada territorio; y desarrollar propuestas con ideas, planes y
programas para cada uno de esos territorios o sectores de actividad manteniendo
la noción de conjunto. Es imprescindible que esto incluya el análisis de los actores
presentes y disponibles, y que esas políticas de detalle contemplen tanto el
cómo fortalecer a esos actores, como el afianzar y fortalecer su compromiso con
el plan.
Un
plan es meta y camino para alcanzarla, pero también ha de ser motivación y
herramienta. Su ejecución dependerá del contexto internacional y de las
relaciones de fuerza locales disponibles para sortear el bloqueo de los
enemigos y la inercia de los refractarios. Su condición de posibilidad estará
en su corrección y pertinencia, pero también en la capacidad de validarlo
social y culturalmente. Para llegar al gobierno, para poder desplegarlo e
instrumentarlo, para sostenerlo y corregirlo si hiciera falta, manteniendo y
profundizando los objetivos y los niveles de adhesión. También, en paralelo y
en otro plano, en la calidad de su ejecución y en la capacidad de sumar actores
y consensos en ese despliegue.
Será
un buen ejercicio para el diagnóstico incluir una recuperación crítica de planes, experiencias de gestión y
prácticas anteriores, contemplando tanto los aspectos correctos como los
equivocados. Ni la crítica implica condena, ni el rescate impone una
reiteración mecánica y fuera de contexto.
El
planeamiento ha de ser participativo -en el diseño, en el despliegue y en la
ejecución- pero ha de haber una estrategia nacional definida. El programa debe
ser detallado y profundo, y no hay que hacer ideologismo ni apasionarse
tecnocráticamente en su cumplimiento estricto e impecable. La mirada política
es imprescindible para que se evalúe, apuntale y corrija, sin perder el rumbo.
Algunas
reflexiones históricas a modo de ejemplo:
El primer yrigoyenismo, forjado en 25 años de obstinada oposición al
Régimen, asumió sin programa conocido ni orientación de qué hacer como
gobierno. Sus objetivos, demandas y promesas eran el sufragio libre y la
vigencia de las instituciones. Lo que tuvo de nacionalista e igualitarista, de avance
y reparación, estaba guardado en la íntima convicción de su líder y en las
aspiraciones imprecisas del movimiento, que se desplegaron ante la oportunidad
abierta con la Primera Guerra Mundial. Las formulaciones doctrinarias y sus
realizaciones estatales fueron posteriores, a prueba y error.
En la coyuntura de la Segunda Guerra Mundial, en cambio, el primer
peronismo surgió casi como la diosa Minerva de la cabeza de Júpiter, ya
entera y constituida. Muchas de sus medidas trascendentes estaban
presentes en el programa del GOU y se dictaron antes del 4 de junio de 1946.
No es solamente cómo llegar al Estado, sino contar con una visión integral
-cosmovisión, doctrina o ideología-; y tener en claro la importancia del
planeamiento en la gestión estatal y la política de gobierno.
El ciclo de 1973 tuvo un enorme sedimento técnico en un país que contaba
con una voluntad nacional mucho más fuerte que en estas últimas décadas. Hubo
una riquísima experiencia de planeamiento y gestión institucional. El fracaso
del gobierno tuvo un marco externo condicionante, como fue la guerra en Oriente
Medio y la disparada de los precios del petróleo; lo que combinó con el clima
de violencia interno y la incapacidad del movimiento nacional de procesar sus
contradicciones. La dictadura cambió la estructura del país, que no logró
recuperarse en estos más de cuarenta años de institucionalidad democrática. Con
el agravante de que los dispositivos culturales oligárquico imperiales generan
el malestar objetivo de las sociedades, y las manipulan para que la culpa sea
de “la política” y no del capitalismo de rapiña que las explota.
Del planeamiento de guerra al posmodernismo abdicante, el individualismo
consumista ha inhibido, en el pensamiento político y en la academia, toda
vocación seria de poder. Como ya no se cuestiona el orden global, como ya no se
aspira al poder total, impera una lógica del fragmento, ajustada a la cuota de
poder inmediato y de supervivencia que se esté dispuesto a pelear o mendigar. Ninguna
buena causa sectorial puede afianzarse si no hay una liberación nacional
respecto del capitalismo global y sus multinacionales de rapiña.
Si no recuperamos la vocación nacional de poder total, no podremos
cuestionar a los actores globales que atraviesan nuestro país con voluntad de
degradarlo y disgregarlo, ni recrear una propuesta que enamore a nuestro
pueblo. Hay que pensar global y estratégicamente –sin desmesuras ni errores
transitados- y luego, iterativamente, avanzar, corregir, rectificar y negociar
para seguir avanzando. Si empezamos al revés, terminaremos empantanados y
tomando caminos propuestos por otros.
Si aquellas etapas pueden analizarse en clave meramente histórica, la fase
abierta tras el estallido de la convertibilidad en 2001 y los avances enormes
de recuperación que se dieron en el interregno de Duhalde y los posteriores
gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, así como en el gobierno de
Fernández y Fernández, son a un tiempo pasado y presente. Muchos de sus protagonistas todavía están
entre nosotros, actuantes y opinantes. Y muchas de las medidas de gobierno no
han sido suficientemente evaluadas para que sirvan de lección y aprendizaje,
con sus sombras y sus muchas más luces.
Ejercicio útil y necesario esa evaluación seria e instrumental sobre las
actuaciones desarrolladas y las capacidades remanentes para la gestión estatal
y de gobierno durante los cinco gobiernos peronistas de lo que va del siglo.
Hay que recuperar esas experiencias, capitalizarlas, actualizarlas, adecuarlas y encarnarlas en una organización puesta
al servicio de un nuevo ciclo nacional y
popular más extendido y profundo. Y un gran desafío argentino:
institucionalizarlas, hacerlas perdurables, convertirlas en “políticas de
Estado” que le dicen.
Milei ha expresado con sinceridad brutal que está logrando cosas que ni los
militares de la dictadura pudieron realizar. Se refiere a disciplinar a la
chusma, volver a los tiempos de la república oligárquica, que encontraba su rol
en poner materias primas al servicio imperial, con muy pocos ricos y multitudes
marginadas. Salvedad menor: aquellos oligarcas presumían de cultos y refinados
aristócratas, aunque no les saliera; estos de ahora se exhiben brutos y feos,
sucios y malos. A trazo grueso es lo mismo: el gorila culto no es un animal en
extinción sino un ser mitológico.
Resulta imperativo para el movimiento nacional, entonces, tener un plan
para la próxima etapa. Ese plan ha de concebirse para todo nuestro espacio territorial,
sudamericano y antártico, contemplando las dimensiones marítima y aeroespacial,
y engarzarse regionalmente en nuestra América Latina. Ha de contemplar el
ciberespacio y las redes de telecomunicación, por las que discurren los contenidos
digitales y donde se constituyen, ordenan, distorsionan, interfieren y diluyen
espacios de representación, de comercialización y de socialización.
Nuestro espacio continental americano está bajo fuerte presión injerencista,
y debemos bregar por una integración en dos planos: el de la inserción
articulada en la unidad regional, y el de un territorio argentino más integrado
en sus infraestructuras, con una distribución poblacional más homogéneamente
repartida. Volver a planificar y hacer doctrina nacional de obras y servicios
públicos para el desarrollo, y no para el extractivismo y el despojo;
incorporar la dimensión del cuidado ambiental, y afianzar como objetivo el de
una sociedad cohesionada donde no haya población sobrante o excluida.
El próximo gobierno arranca desde el pozo de una deuda externa concebida y
diseñada como saqueo oligárquico y como cepo imperial.
Controlar
la gestión del comercio exterior es un imperativo obligado. Honrar la deuda
como Estado puede estar bien, pero está mal que eso sea sobre el hambre y la
sed de los argentinos, como proclamara Avellaneda y practicaran tantos
gobiernos antinacionales y antipopulares. Debe pagarse exclusivamente con lo
que los grupos oligárquicos han saqueado y saquean de la riqueza argentina.
Hay que restablecer la vigencia plena de la consigna peronista de “gobernar
es crear trabajo”. La dictadura procesista del 76 dio un golpe
feroz al pleno empleo, golpe del que la
sociedad argentina, con sus avances y retrocesos, nunca logró recuperarse
plenamente.
Por cierto que es importante recuperar la cultura del trabajo y
resituarla en el imaginario social, el discurso y la práctica política. El primer peronismo
generó empleo con niveles crecientes de formalidad pero no descuidó la ayuda
social, que tuvo una dimensión superior a la de tiempos más actuales. La idea
era que, durante el tiempo que demoraba en implementarse la política de
integrar en el trabajo, había que atender a quienes no estaban incluidos, y a
quienes por haber estado fuera por años tenían dificultad para sumarse. Terciarizar la necesaria asistencia estatal, hacerla
permanente e intermediarla no puede ser un objetivo ni una práctica del
movimiento popular. Porque confunde la gracia con la justicia y porque da pie
al discurso enemigo para deslegitimar la correcta y justa redistribución social
del excedente.
La creación de empleo ha de tener dimensiones
que deben darse de manera simultánea. Una está asociada al desarrollo
industrial que genere empleo de calidad, y a la investigación científica
nacional que debe promover grados crecientes de autonomía tecnológica. Otra
debe estar centrada en promover una mejor y más sustentable ocupación del suelo
rural y periurbano, con más empleo y asegurando cadenas alimentarias. Esa nueva
ruralidad debe complementarse con trabajos vinculados a la cadena vinculada a
la vivienda y la obra pública, que debe concebirse para integrar el máximo de
trabajadores y de empresas, de insumos y de ejecución, y según un plan que
busque equilibrar población, infraestructuras, servicios y conectividad en todo
el territorio nacional. Y otra debe apuntar a los servicios de cuidado, educativos
y de salud.
El cambio de paradigma tecnológico y productivo es una amenaza pero también
es una oportunidad para darle un nuevo rol a ciudades pequeñas. El hábitat
digno y el equilibrio poblacional constituyen objetivos de dignificación
popular y de cohesión nacional ineludibles.
Un próximo gobierno industrialista e igualitarista debe revisar
cuidadosamente las políticas, la dinámica y el destino de los subsidios. Hay
que cuidar, ser eficaces, eficientes y transparentes en la manera de diseñar,
asignar y gestionar los mecanismos institucionales de su ejecución, control y medición
de resultados verificables. Ese esfuerzo que la sociedad hace no puede
permitirse desvíos o apropiaciones indebidas, ni puede asignarse de manera
indiscriminada y eterna. Ejemplos sobran, y no sólo Galperín critica mientras
embolsa.
Lo mismo vale para subsidios industriales o al agro. Hay que definir el
objetivo y controlar que se aplique a él. Si se subsidia un precio sostén de
lechería, por ejemplo, verificar que vaya a sostener esa actividad productiva,
y no sea apropiado por las grandes usinas lácteas concentradas, o redirigido al
cultivo de soja.
Hay que asegurar los fondos para el sistema científico y universitario, que
deben también tener un más eficiente rendimiento, orientados según ejes
explicitados de desarrollo nacional, y no por pulsiones académicas y corporativas,
destinados a proyectos planificados desde multinacionales, o sin previsión de
cómo se integrarán, en volumen y secuencias, en las distintas cadenas
productivas. Y lo mismo para los de áreas sociales y culturales. No habría que
subsidiar, en el altar de la libertad académica, investigadores que postulen
claudicar en Malvinas.
Habrá que reparar el daño hecho por este gobierno al sector nuclear
argentino, una política sostenida exitosamente durante 80 años, dilacerada
ahora por Milei. El desarrollo nuclear, el programa satelital y el de radarización
muestran que con planes, recursos y continuidad nuestro pueblo alcanza
objetivos de excelencia, contrariando la vulgata denigratoria con que se le
riega el ánimo de manera persistente e intencional.
Debe
haber y hay que construir una percepción popular sobre las mediaciones
digitales y cómo organizan las relaciones sociales y comerciales; y una
conciencia en torno a la asimetría en la apropiación de los bienes, materiales
y simbólicos, con que se vienen desplegando desde las oligarquías tecnológicas imperiales.
Y hay que construir gradualmente una configuración de redes propia,
igualitarista, democrática y soberana; con regulaciones estatales y controles comunitarios.
Lo que no controle el estado lo controlarán los cuatro o cinco grandes
tecno-oligarcas del nuevo tiempo.
La
obra pública había perdido dimensión y escena en nuestro país, sufriendo los
golpes de Martínez de Hoz y de Cavallo. El Ministerio había desaparecido y
había quedado reducido a una secretaría dependiente de Economía. Toda una
definición. Al desaparecer las empresas de servicios públicos, con las
privatizaciones, y al eliminarse o jibarizarse las áreas de infraestructura,
desaparecieron también los planes nacionales. La Constitución del 94 transfirió
responsabilidades a las provincias pero no recursos. O en todo caso, los
recursos fueron por regalías y vinculados a recursos naturales, propiciando
socios locales para el extractivismo extranjero. Provincias que compiten entre
sí y a la baja, frente a empresas multinacionales. Si difícil era la puja con Nación, peor y
ruinosa es la pelea con multinacionales con ningún interés en desarrollar
nuestro país. Y se habilita una presencia y una injerencia de groseros
contornos y peligrosas consecuencias.
Tomando
de referencia el muy bajo punto desde el que partimos en 2002, demasiado fue lo
que se hizo; pero recuperar la idea de plan nacional territorial, de obras y
servicios públicos, no fue parte de un programa de gobierno ni del discurso
electoral. La idea del Ministerio de Planificación Federal sí fue una buena
decisión tomada al inicio del gobierno de Kirchner. Correcto fue el camino de
construir consensos en el marco del Consejo Federal de Obras Públicas. Pero
llevó tiempo poder ir convirtiendo reclamos y necesidades provinciales en un
plan nacional, dimensionado y estructurado con los recursos disponibles. Y el
enemigo no descansa y aprovecha toda debilidad,
vacilación o demora.
Es
necesario prestar más atención a la relación entre suelo y vivienda. Desde 2003
la política de vivienda también se fue reconstruyendo sobre la marcha y
partiendo desde muy abajo. Con buen rumbo se reactivó la construcción y la
ejecución de los fondos de FONAVI. Sin embargo “quedaban fuera” sectores de
clase media que aspiraban a una tipología algo superior. Finalmente se encaró
una política orientada en ese sentido con
el plan PROCREAR, que otorgaba un crédito muy conveniente y que, en un
porcentaje, construyó complejos utilizando terrenos fiscales. Pero se generó un
problema: la falta de suelo urbano disponible. Ante la incrementada demanda de
terrenos, los precios aumentaron. Eso hizo que una parte del beneficio otorgado
fuese captado por la especulación inmobiliaria. Un porcentaje de esa plata derivó
hacia quien no iba destinada. Ese porcentaje no reactivó el mercado de la
construcción ni benefició al ciudadano adjudicatario. Fue a la especulación de
tierras, sin producir valor. Además, se
dio de manera dispersa y sin plan, en muchos casos complicando la provisión de
servicios de electricidad, aguas, transporte.
En este nuevo tiempo, y con las posibilidades que abren las explotaciones
de hidrocarburos de esquisto y de minería, se presenta una oportunidad para
encarar un viejo objetivo nacional pendiente, el de lograr un territorio más
integrado, equilibrado en su dotación de infraestructuras y en su poblamiento,
sustentable y socialmente justo, garantizando el acceso al hábitat y regulando
el uso del suelo tanto en áreas urbanas como rurales.
La Ley de Tierras 26.737 y su implementación desde el
Registro Nacional de Tierras, que hoy busca eliminar el
gobierno entreguista con la mascarada de proteger la propiedad privada, fue un
avance, enorme y parcial, que habrá que
restablecer y profundizar. Habría que anular lo actuado por Macri y sobre todo
Milei, e investigar a fondo las complicidades para que no haya impunidad para
funcionarios, empresarios y jueces intervinientes.
Sería bueno también rescatar, profundizar y poner en ejecución el trabajo
recogido en el Anteproyecto de Ley
Nacional de Ordenamiento Territorial, un marco regulatorio para el uso
del suelo y el desarrollo equilibrado en todo el país, con sostenibilidad
ambiental, función social de la propiedad y gestión democrática y federal de
los recursos.
Dos evaluaciones
críticas a modo de ejemplo:
La
125.
Fue una medida fiscalista y no una política agraria y productiva. Una medida
mal diseñada, encarada sin relevar ni tener en cuenta los actores –propios,
neutrales o enemigos-, y mal anunciada en lo que hizo a su oportunidad. Si se hubiese decidido con el aumento
anterior de diciembre, o bien planteando que empezaría a regir para la campaña
siguiente, hubiese sido otra cosa. Pero se tomó cuando los productores ya
habían entregado la cosecha, predisponiendo al malestar y dando argumentos a
los grupos oligárquicos locales que se iban distanciando del gobierno. Algunos
tras haber conseguido beneficios. No se supo ver o se midió mal el hecho de que
la mayor parte de los grupos oligárquicos, capitaneados en la ocasión por
Clarín, había decidido abandonar instancias de negociación para pasar a la
ofensiva abierta y declarada contra el gobierno. Se podrá decir que en ese
conflicto la polarización sumó voluntades en torno al peronismo kirchnerista,
pero esa verdad no quita esta otra: se le regaló la iniciativa estratégica al
enemigo, y se corrió de atrás, en vez de tratar de elegir cuándo y sobre qué
dar batalla.
El
caso Vicentín: Una decisión en dirección correcta, sin apreciación
de cómo intervenir, sin evaluación de actores y circunstancias. En vez de dejar
que los damnificados solicitaran ayuda, en lugar de dejar que se construya un
consenso en pro de la intervención estatal, sin verificar el ecosistema local,
sin alianza acordada con el gobernador, sin ver quién era el juez y si estaba
inscripto en el Registro de la Propiedad a nombre de la empresa, se decidió la
intervención y expropiación. En vez de esperar a que los damnificados fueran en
procesión caminando a Bs. As. a solicitar la medida, se actuó de atropellada y
se logró el milagro: las víctimas rechazando al salvador, avalando la estafa a
manos de un local y repudiando la intervención porteñista. La torpeza de
procedimientos combinando con la alienación de clase, en el sentido de falsa
conciencia. Y gente protestando desde las propias filas oficiales, prefiriendo
atribuirse tener razón y criticando a su gobierno por pusilánime, muy
satisfecha no por obtener resultado medible frente al enemigo sino por disfrutar
de la pose de enfant terrible.
Decisión fallida
y confusión de roles aquella que contrasta con el caso de la nacionalización de
IMPSA. Sin estridencias, sin vanaglorias, tomando control estatal de la
empresa, se preservó para el interés nacional argentino un activo infinitamente
superior al del puerto y la empresa comercializadora de cereal. No pareciera
hacer falta destacar que puertos
cerealeros hay muchos y más importantes que el de Vicentín, y que acopiar
cereal también es un rubro con muchos jugadores y conocedores del paño. Lo
estratégico allí está en la concentración monopólica –u oligopólica- del
comercio mundial, y no en una tecnología o un expertiz inhallable. La mendocina, en cambio, ha sido -hasta
Milei- una empresa de ingeniería de primer orden, un actor global que ha
participado en obras de alta complejidad en todo el mundo, compitiendo en base
a conocimientos y manejo de tecnologías especializadas, de alto volumen y
calidad. Su nacionalización se hizo sin
estridencias, aprovechando una crisis y rescatando a la empresa combinando el
interés de los viejos dueños con el interés nacional y el mendocino, evitando
maniobras especulativas, de vaciamiento o de aprovechamiento de compras y
reventas de deuda. No sólo que el estilo de actuación del gobierno fue
diametralmente opuesto, sino que también el coro nacionalista e izquierdizante
que lo denostó por Vicentín no dijo esta boca es mía ante el logro por IMPSA.
Hay que conducir la política agraria integrando objetiva y subjetivamente a
toda la serie de actores productivos nacionales, hoy controlados y adoctrinados
por las multinacionales exportadoras y por las proveedoras de insumos, que muchas
veces son las mismas.
Es
necesario incorporar una pauta instrumental o metodológica de diseño de
políticas. No puede haber medida que no contemple tiempo, espacio, oportunidad
y actores en juego. No hay que predicar medidas maximalistas contra un enemigo
sin contar con los medios y los actores para instrumentarla. Ni tampoco, por
disparidad de las relaciones de fuerza, disfrazar de amabilidad la sumisión y
entrega a sus intereses. Hay que acordar antes con los actores potencialmente
beneficiarios, y hay que pensar en medidas graduales, secuenciales y crecientes
de afirmación del interés nacional, que
vayan a un tiempo recortando el poder oligárquico imperial y constituyendo
actores populares fortalecidos que les disputen, que adhieran a la medida y la
sostengan.
Volviendo
a mirar cómo afrontar un tiempo nuevo y un nuevo gobierno será pertinente tener
presente aquella consigna de Perón del 73, “provengan de donde provengan”, y
convocar los muchos recursos humanos disponibles, dispersos y desorganizados
con que cuenta el pueblo argentino. Es necesario darse la tarea de relevar capacidades
y experiencias de académicos y científicos, profesionales y agentes estatales, recuperando
experiencias de gestión de gobierno en diferentes órdenes de actividad, y
encolumnarlas detrás de ideas claras convertidas en proyecto definido, de largo
plazo con metas graduales, secuenciadas, verificables y corregibles. No hay que
olvidar la regla metodológica: concebir, planificar, ejecutar, explotar y
capitalizar el esfuerzo institucionalmente.
Habrá
que trabajar en ir integrando equipos desde diferentes grupos con
identificación partidaria, peronista y no peronista, y también sin identificación
partidaria alguna, y que se relacionen lo mejor que se pueda con las tramas de
agrupaciones y dirigentes. Habría que contar con un relevamiento actualizado y
realista de esas tramas; y hay que ir a la vez identificando, relevando,
relacionando y convocando actores en cada “territorio”, geográfico y temático.
Hay
que instalar ideas y consensos, con suficiente nivel de profundidad, entre
dirigentes, militantes, adherentes y hasta meros opinadores. El plan ha de encarnarse en dirigentes y
militantes, y proyectarse a la mayor parte posible de la sociedad.
Sería
bueno llegar al gobierno con lo más parecido a equipos de gestión, que no es mera
suma de aspirantes a un cargo, sino equipo probado, lealtades entrelazadas y
confianzas constituidas, enmarcado en una doctrina y con criterios afinados de
ejecución. Sería un avance que el país pudiese contar con equipos así, reconocidos
y consolidados, cuyos integrantes se pudieran reordenar jerárquicamente de
manera distinta según quién sea el dirigente que acceda a cargos electivos o de
gestión ministeriales, pero mantenerse cohesionados en el desempeño de la
gestión estatal y en el acompañamiento social.
Hay
que aclarar que la construcción de un plan y el armado de un grupo que busque
participar de su desarrollo y ejecución no son problema tecnocrático y
meramente de especialistas técnicos. Ya ha pasado sufrir buenas gestiones
técnicas con torpe o insuficiente gestión política. Las dos cosas deben
integrarse para poder tener éxito.
Sería
recomendable poder construir un lugar político que no anuncie para los equipos
de gestión una jerarquía dada de inicio; que sea un trabajo de urdimbre en cuyo
desarrollo cada parte se enriquece y se fortalece en la medida en que se suma,
pero que arranque sin tener un jefe como referente individual ni verticalmente
establecido. Un grupo que tenga y que conserve el atractivo de ser participativo,
“distribuido” y abierto, convocante; y que se sepa que de entre ese equipo
saldrán algunos ejecutores para la función estatal ya en gobierno, y otros lo
seguirán desde otros roles. Es importante hacerlo con tiempo, para que ideas y equipos
se validen en campaña electoral, y para salir jugando en el minuto cero del
nuevo gobierno.
Puede
parecer tarea ardua y difícil; puede parecer complicado cuando un tiempo
nefasto no termina de acabarse, y sentimos que estamos dispersos y sin la unión
y la organización adecuadas, del lado nuestro,
como para salir del pozo. En momentos así es bueno echar mano de aquella frase que,
en aquel otro páramo de la Década Infame, José Luis Torres tomara prestado de
Miguel de Unamuno:


Comentarios
Publicar un comentario